Cuando Andrés Couve me invitó a compartir estas reflexiones con ustedes,
me pareció una idea interesante que acepté gustosa. Debido a mi labor en
conservación de biodiversidad, constato de manera permanente el abismo que
separa los grupos humanos y sus actividades, y que inciden de manera directa e
indirecta en la consecución de nuestro bien común.
Llevo por ello un tiempo intentando construir
canales que permitan conectar, para idealmente integrar mundos que sin
conocerlo o re-conocerlo son parte de un mismo universo, descorriendo una
cortina que permita a personas variadas asomarse al quehacer de la
conservación, con la esperanza simple de sumarlos a mi cruzada.
En cada una de esas aproximaciones hago un
esfuerzo por entender parte del quehacer del interlocutor de turno, con la
aspiración de encontrar algún punto de encuentro, sobre el cual plantar el
mensaje a compartir.
Siendo bióloga, teniendo entrenamiento
avanzado en ciencias, décadas de trabajo en espacios analíticos variados,
resulté sorprendida por mi nivel de ignorancia y el somero entendimiento del
quehacer e investigaciones que se realizan al amparo de esta Sociedad de
Biología Celular.
Aunque los titulares -como Control epigenético
de la expresión, Mecanismos moleculares de patogenicidad bacteriana, Estructura
y función de complejos proteicos de membrana, por nombrar sólo tres- me
resonaban en alguna esquina del cerebro, gracias a la intervención de antiguos
docentes próceres como Mario Luxoro, Ramón Latorre, o Lucho Izquierdo… la
avalancha de siglas, abreviaciones, marcadores, técnicas, sistemas celulares, y !más encima todo en inglés! Me hizo sentir que no entendía nada….y que los
celulares, que son ustedes, viven en un universo muy diferente del mío….and I
felt lost…
Sentí en carne propia aquello que debe sentir
la “ciudadana de a pie” en forma permanente, cada vez que intenta conectar con
algún alienígena del mundo de las ciencias…y constaté el colosal abismo que
este universo científico debe salvar, si aspira a participar e idealmente
servir de pilar en la construcción de una nueva sociedad.
Preguntaba a Couve ¿qué podría aportar yo, como
ex-científica formada en Ciencias Ecológicas, quien ya no me encuentro en las
primeras lides de las ciencias en Chile (ni siquiera en las últimas), compartir
con el lozano y frondoso ramillete de lumbreras que conforman esta Sociedad?
Todos profesores, postdoctorantes,
doctorantes, y más, que se abren paso dentro de la academia tras la búsqueda
del cada vez más demandado “conocimiento”… que brota a raudales de la mano de
la tecnología, la innovación, produciendo toneladas de data como nunca antes
nuestra humanidad siquiera pudo avizorar.
Aunque formada como tal, yo llevo un tiempo
largo fuera de los espacios más tradicionales de las ciencias, compartiendo mi
conocimiento disciplinario con la vida común. Más de una década trabajando en
aquel verdadero “mundo real” como lo definía Virginia Wolff … ¿qué reflexión
podría yo ofrecer a este acopio de entusiastas y jóvenes científicas,
embriagadas por cócteles de ciencia pura, bebidos día tras día en cálices de
wokshops, posters, papers o seminarios como los que dan cuerpo a esta Reunión
Anual?
Para intentar encontrar rumbo, regresé
entonces (como siempre lo hago) al origen, mi origen: las ciencias ecológicas.
Cuyo centro y materia de estudio es la biodiversidad. La mayor singularidad
conocida hasta ahora en nuestro universo, tan maravillosa como compleja, tan
ubicua como idiosincrática. La biodiversidad que permite nuestra propia
existencia, y nos conecta ecológica y evolutivamente con cada manifestación de
vida pasada y futura de nuestro planeta.
Del conjunto de sistemas globales necesarios
para mantener esta singularidad, la biodiversidad se suma a la provisión de
agua dulce, mantención de la capa de ozono, integridad de sistemas
biogeoquímicos, o cambio climático, entre otros.
Como quizá han escuchado, cada uno de estos
sistemas planetarios, se encuentra hoy hiper-demandado, empujado como nunca en
la historia humana a límites por fuera de las condiciones mínimas requeridas
para mantener la integridad de nuestra existencia.
Ocurre con la degradación de la capa de ozono,
con el incremento de la temperatura debido al aumento de gases efecto
invernadero en la atmósfera, con la cada vez más menguada provisión de agua
dulce, el desbordado aporte de nitrógeno a ciclos biogeoquímicos, y más.
A pesar de no estar instalado en la vida
cotidiana o el imaginario colectivo, ni social, ni político, ni cultural, la
pérdida de biodiversidad es de todos estos problemas globales, efectivamente el
proceso más reventado, que hoy por hoy sobrepasa todos los límites conocidos en
la milenaria historia de nuestra Tierra, amenazando no sólo nuestra existencia,
sino la de miles de otros seres con los que compartimos -y de los cuales
dependemos- nuestra azul morada.
Pues tal como que existe la ley de gravedad y
que la tierra no es el centro del universo, las ciencias han demostrado que humanos
y naturaleza, gente y océanos, científicas y su entorno, pueblos y su
patrimonio natural, confluyen en un mismo sistema: donde lo ecológico y lo
humano conforma un entramado socio-ecológico, que es a la vez complejo,
indivisible, cambiante-histórico, y por sobre todo diverso.
Se manifieste a escala global distinguiendo
biomas, ecoregiones, razas o pueblos; o se haga patente a escala local, en la
forma de un prístino fiordo patagónico, un degradado bosque de tamarugos, o un
escuálido chorrillo veraniego en los faldeos precordilleranos santiaguinos...
La verdad última es que SOMOS, gracias a que
existe naturaleza. Millones de seres vivos no humanos –la biodiversidad-
entrelazados con comunidades variopintas, conforman una red y producen todo lo
que necesitamos para nuestro bienestar y disfrute, desde el oxígeno y agua
dulce, hasta alimentos, medicinas, materias primas, fertilidad de suelos,
control natural de pestes y enfermedades, belleza escénica, entre muchos otros.
Sea en formato de individuos desdentados,
comunidades indígenas, grandes empresarios, compañías, sociedades científicas, Estados,
economías locales o globales- los humanos no podemos SER, ni menos aspirar a
prosperar a espaldas de natura.
Siendo las casusas de la pérdida de
biodiversidad variadas, incluyendo factores muy bien conocidos por el mundo de
la ecología –como degradación de hábitat, arribo de especies invasoras,
enfermedades y más (el cuarteto maldito, como se le llamó alguna vez, hoy
incrementa su número por la adición de nuevos flagelos como cambio climático)-
sus consecuencias más profundas restan todavía por ser conocidas.
Es este, efectivamente, el mayor problema
global y social que enfrentamos hoy como humanidad. Aunque ubicuo, se
diferencia de lo que ocurre con la acumulación de CO2 en la atmósfera, -que
dada la naturaleza de la molécula de dióxido de carbono: que es igual en cada
rincón del universo y por lo tanto permite intercambio de emisiones por captura
sin problema entre diferentes partes del globo-, la pérdida de biodiversidad
erosiona patrimonio singular.
Pues la vida se manifiesta en una infinita
variedad de formas, relaciones, procesos, que se empaquetan bella, lúdica y
dinámicamente en decenas de miles de millones organismos, que todos en conjunto
y por separado, ejecutan las danzas de la vida en escenarios diversos y
cambiantes, al complejo son de la ecología y la evolución, por lo que su
desaparición –a diferencia de lo que ocurre con el carbono- es la mayor parte
de las veces irremplazable. Más importante aun, dada la trama socio-ecológica,
la degradación de natura deteriora no sólo sistemas ecológicos, sino identidad
e integridad humana.
A pesar de ello, el cambio climático es la
estrella sexy que acapara las luces de todos los problemas globales (y los
fondos, y los discursos del mundo político). Que al ser comparada con la
pérdida de biodiversidad, la hace aparecer como un tema difuso, promovido y
perteneciente a un mundo de jipis ecologistas.
En calidad de tal -de jipi digo- desde hace un
poco más de una década, trabajo asociada a la ONG de conservación de
biodiversidad más antigua del mundo –WCS. Con base en la ciudad de Nueva York,
y distribuida en más de medio centenar de países, es reconocida por su
demostrado desarrollo, diseño y uso de las ciencias de la conservación, las que
despliega en cientos de proyectos en aquellos sitios de nuestro globo donde se
concentra cerca de la mitad de la biodiversidad del planeta: los trópicos, las
altas latitudes boreales, los australes mares de Patagonia.
Muy joven comparada con otras ciencias
establecidas en los albores de nuestra civilización (como referencia consideren
que recién en el año 1978 se utilizó por primera vez en una conferencia
científica la palabra biodiversidad), la conservación es un espacio que recién
comienza a desplegarse.
A diferencia de otras ciencias duras y
altamente respetadas (¡como la biología celular por ejemplo!), la conservación
tiene un mandato claro e ineludible: enfrentar, para idealmente reducir,
retrasar o revertir, el patrón de pérdida de biodiversidad que cubre nuestro
globo.
Dado el brutal deterioro de su objeto de
estudio, la conservación es una ciencia de emergencia y de acción. Y debido a su
presencia ubicua e idiosincrática, su naturaleza cambiante, su manifestación en
multiescala, y la profunda, directa y difusa relación que la biodiversidad
establece con las sociedades humanas, la práctica de la conservación
necesariamente requiere de la participación de una enorme multiplicidad de
actores. Especial, pero no únicamente, de las ciencias.
Desde hace poco más de una década, dirijo el
mayor proyecto de conservación de biodiversidad existente en Tierra del Fuego
(suena rimbombante…pero como todo en Chile, termina finalmente siendo discreto),
cuyo corazón tangible es el Parque Karukinka.
Un lugar donde la vida terrestre como la
conocemos, casi toca a su fin, para adentrarse en el frío océano sub-antártico
y dar paso a la maravilla que es la vida marina, en uno de los océanos más
diversos, hermosos y productivos del mundo: el mar Patagónico. Allí, en los confines de nuestro continente
americano, se entrelazan de manera natural océanos Pacífico y Atlántico, un
encuentro de dos mundos tan feroz como permanente. Una metáfora tangible de los
encuentros que motivan y reflejan mi trabajo diario en estas lides de la conservación.
Permítanme detenerme por un segundo en el Seno
Almirantazgo, una lengua de mar que se adentra en el corazón mismo de Tierra
del Fuego… Un
singular fiordo patagónico que es un emblema de lo que ocurre en cada rincón de
los más de 84 mil kilómetros de costa Patagónica: donde mar y tierra se unen, para
sostener la fría danza de la vida marina fueguina: elefantes, pingüinos, albatros, y otras muchas criaturas menos conspicuas,
pero más sabrosas.
Se encuentra rodeado por las montañas del
Parque Karukinka y la Cordillera de Darwin en el Parque Nacional Alberto de
Agostini, conformando un espectacular anfiteatro austral, en el que esperamos
montar la mejor obra de conservación y sustentabilidad de todos estos mares
australes.
Pues luego de años de meticuloso trabajo:
inclusivo, anclado en el territorio, informado con la mejor ciencia disponible,
fue declarado ayer como Área Marina Protegida, la primera en su tipo para Tierra
del Fuego. (APLAUSOS!).
Constituyen Karukinka y este Seno, un
gigantesco y verdeazulado laboratorio natural, que venimos utilizando para
experimentar y poner a prueba ecuaciones de manejo de ecosistemas como
los mayores y mejor conservados bosques templados que existen en el mundo a esa
latitud, de
gobernanza, como por ejemplo los arreglos que nos permitan gestionar el control
de la invasión de castores, la mayor amenaza que afecta los bosques de esta
parte del continente; o
administrar la conservación de aquel valiosos y maravilloso Seno, de
investigación, que nos permita diseñar herramientas efectivas para restaurar
estos ecosistemas degradados o recuperar especies de valor comercial, de
educación, que nos entreguen luces sobre cómo involucrar y catalizar la
participación de comunidades locales y globales, doctas y legas, en estas y
otras materias de conservación ¡y más! Aspirando a informar de mejor manera y más
certeramente nos sólo la conservación de estos parajes, sino inspirando a otros
a conservar los propios.
Dentro de este esfuerzo ellas –las ciencias-,
con su batería de herramientas de diseño y búsqueda de explicaciones, juega un
rol fundamental sobre el cual dibujar, anclar y levantar la bandera de la
transformación clamada por nuestro universo fueguino.
Mi marcha sin embargo, se encuentra a menudo
con un mundo científico impermeable a su entorno inmediato, enclaustrado cual
abades a los confines de su academia…, en el mejor de los casos con sus cabezas
levantadas cual telescopios apuntando a la bóveda global de las ciencias, muy
ligeramente vinculados con su entorno inmediato…sea natural… o sea humano.
Es en este espacio, y desde una perspectiva
extremadamente egoísta –pensando sólo en la necesidad que demanda mi actividad
de conservación- que reflexiono y considero que ellas –las ciencias, nuestras
ciencias- precisan mirarse a si mismas, intentar responder el mandato que muy
tempranamente le conminara Émilie du Chatelet sobre “saber lo que quieren ser”….en
el contexto de degradación socio-ecológica más importante y ubicuo que haya
enfrentado jamás nuestra humanidad.
Con los pies puestos al sur de nuestro sur,
vengo observando a Chile desde aquel territorio marginal, desamparado no sólo
geográfica, sino económica y socialmente. Constato que mis observaciones, que
son hechas desde esta arista del quehacer científico y de nuestra sociedad, son
una mirada muy alejada de los centros donde se concentra el poder y se moldea
el “sentido común”, no sólo científico, sino social, económico, e incluso
cultural.
Y traigo desde allí a Uaxactún, el que fuera
el centro científico-religioso más importante del Mundo Maya. Es en ese sitio,
en la región del Petén, el bosque más importante de Mesoamérica, donde se
alzaba este observatorio, el mayor de la cultura maya preclásica y clásica,
bastión indiscutido del poder político de dicho mundo, sostén del sentido común
de aquella época.
Como en el antiguo Egipto o en Babilonia la
Grande, sirviéndose de la ocurrencia de eclipses, períodos de sequías, plagas,
y más, la ciencia astronómica maya constituía uno de los pilares principales
sobre los que se alzaba el poder político-religioso dominante.
Tal “Poder” era el fundamento de un sistema
político-social omnisciente, hegemónico, inicuo, vertical, y a la vez
extremadamente productivo, capaz de mantener y abastecer a una población numerosa.
Las ciencias formaban parte de dicho poder, alimentando la construcción de un
“sentido común” que pocas veces tenía sentido para el común de la población…,
que le servía de alimento y sustrato.
Tal como ocurre hoy en día en múltiples
rincones de nuestro globo, el bienestar del pueblo Maya comenzó a declinar
producto de degradación ambiental, incluyendo pérdida de bosques, de suelo,
presencia de sequías, con impacto en los arreglos sociales que cimentaron y
conformaron dicho imperio.
La fuerza de la realidad golpeó la puerta de
este “mundo feliz”, cuestionando una y otra vez el “sentido común” instalado en
dicha sociedad. Y aquel “Poder” que lo generaba demostró ser inepto para
reconocer su golpeteo, y para descifrar la miríada de señales ambientales que
afloraban por doquier. A la vez que su bastión científico permaneció como su
aliado en silencio.
Fueron, por ende, incapaces de reaccionar
oportunamente. Como sabemos, el proceso de desconocer esa realidad, de quebrar
aquel “sentido común”, culminando con el colapso definitivo de dicha
civilización.
En Chile muchas señales han sido enviadas…como
ejemplo comparto unas pocas constataciones estadísticas:
- En la zona central de Chile, donde vive el
80% de nuestra población, en 30 años se ha perdido casi el 45% de la cobertura
del bosque mediterráneo…nada más ni nada menos que la matriz que nos nutre y da
sustento…
Esta pérdida de bosque nativo, se prolonga de
manera metastásica en la interrupción de funciones ecológicas y de servicios como
producción de agua, suelo, medicinas, identidad y valoración cultural.
- Como producto de malas prácticas ganaderas y
agrícolas, y más, tanto históricas como presentes, se ha producido una pérdida
de casi el 50% del suelo fértil en Chile...en algunas regiones como Coquimbo,
este porcentaje se empina por sobre el 85% de pérdida.
Esto ha tenido un impacto directo en la
productividad agrícola, la interrupción de ciclos naturales de agua, disrupción
de patrones de sedimentación de ríos y costa, de ciclaje de nutrientes, de regeneración
de cobertura vegetal, impactando de lleno en la generación y mantención de
trampas de pobreza.
- Debido a la sobreexplotación, o al mal
diseño y manejo pesquero y de las políticas públicas que deberían regularlo, y
más, constatamos el agotamiento del 75% de las pesquerías chilenas, el servicio
ecosistémico marino de mayor valor para gran parte de nuestra sociedad.
Las consecuencias sociales y económicas de
esta degradación natural son de una envergadura innegable, y estallan con mayor
poder que minas navales a lo largo de nuestra costa. (¿Recuerda alguien del
sabor del jurel fresco?)
Nuestro sistema socio-ecológico está enviando
estas –y muchas otras- señales…Y yo me pregunto ¿Quién está allí para recibir e
interpretar estas señales y actuar en consecuencia? ¿Quiénes pueden ayudar a
entender, diseñar y catalizar soluciones? Con seguridad son muchos, pero entre
todos ellos destacan las ciencias.
A diferencia de aquella Mesoamérica que
mencionaba al comienzo, la percepción e interpretación de nuestro mundo actual
hace imprescindible un acercamiento de las ciencias no sólo a su entorno social
de común poco estridente, para abrirse asimismo a la dimensión natural, que no
tiene voz, pero que habla a gritos a través de desastres naturales, de degradación
de patrimonio, de erosión de identidad y bienestar.
Varios siglos después de Uaxactún, en otro
espacio socio-ecológico, en una sociedad transformada y transformándose de modo
incesante, es indispensable repensar, rediseñar y poner a prueba nuevas
relaciones entre las ciencias y el poder, pero por sobre todo entre las
ciencias y sociedad.
Es necesario transitar desde estructuras
cupulares y aisladas de ciencias, que funcionan en la práctica ciegas a una naturaleza
sobre-demandada y sobre-explotada, y sordas al clamor social, hacia estructuras
y personas de las ciencias dotadas de visión y herramientas adecuadas que le
permitan no sólo monitorear y alertar por demandas específicas, sino hacerse
socia y parte en la construcción de una nueva sociedad, y como dice Latour
torcer con ello el mal instalado “sentido común”.
Este es el primer aprendizaje que brota del
confín del mundo: la necesidad de las ciencias chilenas de derribar aquellos
muros –físicos, mentales, sociales, culturales- que se empeñan en constreñir la
actividad científica dentro de estrechos centros de conocimiento y poder…de echar abajo aquellos guetos que concentran
la elite del conocimiento, abriendo fisuras por donde pueda escapar la luz que
trae consigo el conocimiento científico, tocando más allá de si misma y sirviendo
de ungüento en la cura a los problemas complejos que hoy nos achacan como
sociedad.
Y donde científicas, ya no como entes
iluminadas y aisladas, aliadas o cómplices del poder ciego, puedan aportar como
socias en la construcción de realidades compartidas y más amables.
Siendo del Siglo Pasado, trabajando en el
confín del universo, desplegando una práctica científica rara y desconocida
para esta audiencia y para la sociedad en general…
Desde esta lejanía tempo-espacial miro el
Programa de Esta Reunión y me pregunto dónde está la pregunta que les permite
hurgar el destino de nuestras ciencias? Más aún, me pregunto dónde se esconde la
reflexión del por qué debemos pensar en tal destino? Desde la lejanía tampoco
soy ciega a la fuerte demanda y presión que hoy resiente la actividad
científica…especialmente la de las jóvenes….
Pero a pesar de ello les traigo hoy una
dolorosa reflexión, la que caí en cuenta cuando hace poco pude asomarme al
trabajo de Hanna Arendt. En uno de los artículos más duros que se hayan
producido en torno al horror del holocausto judío, se encuentra el ensayo
elaborado por esta filósofa alemana, quien luego de escapar de la Alemania
Nazi, se instaló en la ciudad de New York donde desarrolló su carrera
académica.
Corría el año 1960 y Arendt fue contratada
para seguir el juicio de Adolf Eichman, un reconocido jerarca nazi escondido en
la postguerra, quien fuera encontrado por cazadores de nazis en Argentina, y
llevado a Israel para enfrentar un juicio por el genocidio judío y crímenes de
lesa humanidad.
Arendt indicó que durante todo el juicio,
Eichman insistió una y otra vez en su inocencia, argumentado en su defensa que
sólo cumplió con la tarea que le fue encomendada por su jefe, el Führer.
Aquella tarea era la de llenar vagones de tren… con personas. Sin preguntarse nunca por el destino de
aquellos trenes atestados de carne humana, Eichman realizó esta tarea de una
manera muy eficiente por años.
Dentro de esta eficiencia, sin embargo,
Eichman nunca levantó cabeza para escudriñar su entorno. Para él, todo se
trataba de celo y eficiencia, de ascender en su carrera profesional, y nunca se
dio un espacio para reflexionar sobre las consecuencias de tal eficiente
actuar. Todo esto impidió que Eichman pudiese desarrollar un sentimiento de
«bien» o «mal» en el que pudiese anidar sus actos.
A diferencia de la mayoría de las personas que
asistieron a su juicio, las que juzgaron a Eichman como un monstruo, Arendt
consideraba que actuó de la manera que lo hizo, no porque estuviera dotado de
una enrome cuota de maldad, sino porque actuó como un funcionario, una pieza u
operario más dentro de una máquina o sistema de exterminio, al que nunca puso
en cuestionamiento.
Y denominó dicha forma de accionar como la
“Banalidad del mal”, término que acuño para referirse a aquellos individuos que
actúan dentro de las reglas de los sistemas a los que pertenecen, sin
preocuparse sobre el origen de dichas reglas, ni mucho menos de las
consecuencias de sus actos. Arendt realiza desde allí un llamado a
reflexionar sobre la complejidad de la condición humana y estar alertas para
evitar el desarrollo de este tipo de conducta.
Es este mismo llamado el que creo hace eco hoy
día en relación a nuestras ciencias. Y toca no sólo a aquellas comunidades de
investigadoras jóvenes que día a día intentan abrirse paso en un mundo cada vez
más estrecho y demandante, sino a agencias, empresas, comunidades, y más, todas
y cada una conformadas por personas, que pueden o no reconocer que sus actos y
las consecuencias de sus decisiones no ocurren en el vacío, sino que tienen
alcance más allá de sí mismas.
Reconocer que cada proceso y toma de
decisiones, de definición de prioridades, se insertan en espacios
socio-ecológicos específicos, con los que se relacionan e impactan, y por lo
tanto mandata a la reunión de visiones, la coordinación de acciones, la
integración de decisiones y el seguimiento de cada vagón –atestado con quién
sabe qué política de ciencias, qué prioridades de investigación, qué alianzas
estratégicas- que comienza a abandonar su andén hacia algún destino desconocido.
El proceso de renovar las ciencias, requiere
de aceptar, fomentar, fortalecer conexiones entre actores diversos de la
sociedad, para lo cual como mandata Arendt, es preciso levantar nuestras
cabezas y alejar las ciencias de la banalidad.
Es importante mirar más allá de nuestro propio
quehacer, y del mandato de eficiencia o productividad impuesto por tal o cual
agencia de financiamiento. Sea en un gran o pequeño centro de investigación, en
alguna posición Funcionaria del Estado, como Gerenta o promotora de un
emprendimiento, como líder o “esclava” de un grupo de investigación, o
formadora de nuevas profesionales…el nuevo camino precisa mirar desde dónde
vienen las prácticas que realizamos, y sobre todo hacia dónde se dirige y
queremos dirigir el resultado de nuestro actuar. Desde dónde viene aquel tren,
y especialmente hacia dónde se dirigen esos vagones atestados de inocentes.
Más aún, el conocimiento organizado de las
ciencias, custodiado y alimentado por el pensamiento, según Arendt comienza y
termina en la contemplación. Es en esa pasividad –no actividad- contemplativa,
donde el pensar se transforma en saber y aquello que pensamos cobra sentido.
Pero dichos pensamientos son en realidad un
medio para alcanzar un fin, el que tal como indica Arendt, dicho fin está
determinado por la decisión de qué vale la pena conocer y hacia dónde es
menester empujar nuestros pensamientos. Al final del día dicha decisión no es
puramente científica.
El llamado hecho por Chetelet en el siglo 18
repica entonces más fuerte hoy día, y debiera tañer frente al quehacer
individual y colectivo de todas las ciencias chilenas: ¿qué es aquello que queremos
ser, dónde está aquel lugar al que queremos llegar?
Esta pregunta es clave. No es marginal a
espacios societarios como este, o centros de estudio, o a universidades…Tampoco
es un cuestionamiento que sólo podremos hacer en espacios de ocio (¡como si
ellos existieran para nosotras!).
Estas debieras ser LAS preguntas que nosotras
como científicas debemos abordar…donde quiera que estemos…por el momento que
allí permanezcamos, ¿pues si hoy nos permitiésemos levantar cabeza, re-visitar
nuestro futuro como sociedad y el futuro de nuestras ciencias, considerando los
contextos de degradación que enfrenta nuestro mundo actual, el nivel de
desarrollo de las ciencias a escala global, lo aprendido de Uxactun, lo
reflexionado por Arendt, si pudiésemos actuar hoy conociendo precisamente el
futuro que deseáramos tener….no sería lo deseable y correcto hoy caminar el
exacto camino que nos llevase hacia ese futuro?
En Chile, tengo el gozoso sentimiento que esta
búsqueda ya se ha echado a andar…tiene formas que buscan su forma, en tonos de
grupos más o menos diversos, en conversaciones más o menos conectadas, que aunque
aún estén atadas a cuestiones más o menos “pedestres” como contratos o becas,
pueden enriquecerse lo necesario para llegar a moldear el corazón de las
preguntas clave que dirigirán nuestra ruta.
No sólo como personas individuales, sino como
colectivos humano-naturales intentando navegar las aguas de la globalización,
en un mundo cada vez más arruinado. Mi presencia en esta asamblea, y previo a
mi Lautaro Núñez, Juan Carlos Castilla y más, son una muestra de esta
activación. Lo cual celebro y agradezco.
Según el Nobel Bertrand Rusel, la Buena vida y
por añadidura- la buena ciencia, está inspirada en el amor y guiada por el
conocimiento. El amor ignorante, o el conocimiento carente de afecto no es
capaz de producir tal buena vida…ni a nivel personal, ni mucho menos colectivo.
Aquel olvidado sentido común indica que sólo
se ama lo que se conoce, y la mayor deuda que siento tiene Chile y sus
ciencias, es la de conectarse consigo mismo. Sus gentes. Su naturaleza. Esta es
una deuda en la que las ciencias, el mayor motor de conocimiento que haya
conocido la humanidad, son quizá la pieza fundamental para avanzar en este
camino de auto-conocimiento.
Y la fuerza de su empuje dependerá de la inspiración,
que se alimenta a raudales cuando toca corazón y belleza.
En el transcurso de mi carrera he tenido la
oportunidad y el privilegio de conocer gran parte de nuestro territorio, sus
ecosistemas y sus gentes. Parte por formación, parte por curiosidad, parte por
sobrevivencia, me he montado a caballo, mula, macho, jeep, avioneta, helicóptero,
lancha, barco, crucero, chalupa y más, pudiendo a lo largo de los años acceder
a los rincones más magníficos que dan identidad a nuestro país.
Tal como se acumulan los relatos de un libro
de aventuras, mi formación y trabajo como ecóloga me han permitido conocer de
primera mano desde las cercanías de Visviri hasta el mismísimo Cabo de Hornos,
tanto en su superficie como bajo del agua, desde el Altiplano hasta las babas
del océano pacífico que bañan las intrincadas costas de Patagonia.
He podido palpar nuestra naturaleza, la humana
y la otra, ambas sustrato inescapable de la ecología y la conservación chilena,
y he podido amar cada una de sus manifestaciones:
Asombrarme en el norte con los ecosistemas
alto andinos, la tola, lagos y salares, escuálidos bosques de tamarugo, vegas
prodigiosas, que aunque sobrepastoreadas y desecadas producto de su utilización
de miles de años por comunidades e industrias variadas, conservan aún el
resplandor que emana la vida en el medio del desierto.
Sobrecogimiento al experimentar la glamorosa y
rara vida del desierto florido, con sus decenas de ex-tímidas flores asomando
impudorosas en el pardo fondo del lienzo nortino. Un despliegue lamentablemente
poco frecuente de colorido chilenismo.
Asombro y excitación al recibir el rocío que
escurre de hojas de lingues y bellotos…sentir la historia milenaria de estos
remedos de gloriosos bosques pasados, en su profunda y cada vez más rara
fragancia. Constatar la precaria existencia y el valor de
estos tesoros esmeralda, a pasos de las más grandes urbes en Chile central,
invisibles a la mayoría. Pensar que bosques como estos, cubrieron y dieron vida
por milenios al Chile primigenio, y que hoy están perdidos, tal como parece
haber perdido su rumbo nuestro país.
¿Qué más puede pedirse a la vida, cuando una
ha sido regalada con la caricia del viento fresco en la cara (y en la mente),
mientras se navegan fiordos de belleza suprema, y se escucha el revoloteo de
toninas, pingüinos, albatros y cormoranes, los que danzando alrededor escoltan
con desmerecida generosidad, el paso de nave y civilización?
¿Qué otro mejor momento puede ser vivido, que
aquel que te permite contemplar un horizonte sin frontera, de rojo y
verde-amarillo bosque en Tierra del Fuego, en el Valle La Paciencia en otoño,
mientras se experimenta un extraño paisaje denudado de gente, colmado de
espíritus humanos desaparecidos?
Un augurio del futuro por venir…en un mundo
donde todavía el valor de nuestra naturaleza, de nuestra biodiversidad, de
nuestro patrimonio natural, es desconocido e invisible.
Es este camino de conocimiento el que nos
lleva al enamoramiento, ¡porque nuestro país, es bello! Y las invito a todas a
salir a su búsqueda! No es casual que su sola presencia haya incubado la más sublime
manifestación humana nacional, hecha carne en los nóbeles Mistral o Neruda….
De manera especial para las ciencias, es importante
recalcar que el regocijo de la belleza natural criolla sólo es comparable al
nivel de su extravagancia…poseedor de una historia biogeográfica particular, la
biodiversidad chilena, moldeada a mano por milenios en la rugosa arcilla cordillerana,
o la abisal fosa marina, agarrada como ha podido en el lecho de sus torrentosos
ríos cordilleranos, ha resultado pródiga en rarezas.
Especies en espacios singulares, que esperan
ser tocadas por el ojo busquilla de la científica del Chile actual, que pueda
dar con un símil del axón de jibia para este siglo XXI, que pueda sumar no sólo
al degú –aquel roedor nativo y endémico- como modelo para el estudio de
Alzheimer, sino que pueda descubrir toda una nueva constelación austral de
herramientas biológicas, hacerlas parte de su quehacer, levantándolas e
insertándolas en las demandas de construcción de aquella nueva sociedad que
Chile clama, y que el mundo necesita.
El desafío de la conservación de nuestro mundo
nos une. No sólo como cuerpo de científicas, sino que nos abre la posibilidad
de conectar con el resto del mundo. No desde la altura tradicional en la que se
les posicionan o auto posicionan las ciencias, tal como ocurrió en Uaxactún,
sino como un nudo más de la maraña humana, de la materialidad a la cual debemos
moldear la artesanía más elegante y valiosa que haya podido crear nuestro
universo.
Este proceso requiere de las científicas el
levantar cabeza. De mirar más allá de su quehacer propio y de su mandato del
momento. Sea como becaria, sea como académica en una universidad del mundo, sea
como líder de un grupo de investigación o como formadora de nuevas científicas.
Requiere mirar desde dónde vienen sus preguntas, y hacia dónde se dirige el
resultado de sus investigaciones.
Requiere aspirar el aire que existe fuera de
la burbuja burocrática de las ciencias, y sus perversos y miopes sistemas de
financiamiento y calificación, para conectar con el resto del mundo.
Requiere, tal como lo reconoció Hanna Arendt
alejarse de la banalidad. Y conectar. Enlazar. Sumar. Conocer. Mirar el todo.
Preguntarse cuál es el destino de esos trenes atestados de papers, y dar la
posibilidad a algunas de esas ideas, de esos aprendizajes, de esas miradas, de
salir al mundo, de sumar a otras ideas, de impactar otros espacios, de abrir
otros y nuevos procesos, de hacer saltar alguna chispa que pueda incendiar
tanta falta de visión y entendimiento sobre nuestros sistemas naturales.
Las ciencias por definición están hechas para
ser misiles a la banalidad. Abriendo oportunidades reales de avanzar en la
comprensión y recuperación de la base viva de nuestro mundo.
Inevitablemente surge la pregunta de ¿Quién y
cómo se puede hacer esto?
La realidad que me abofetea en todos los
espacios donde me toca trabajar, es la enorme, gigantesca, abismante y ridícula
carencia de biólogas. Son extremadamente escasas aquellas personas formadas en
nuestra disciplina, conocedoras del ABC del mundo viviente, que se encuentran
participando y liderado actividades en el mundo real, fangoso, así como
desafiante que existe más allá de la academia.
Como las ciencias no son entelequias
incorpóreas que levitan la superficie terrestre, la marea biológica sólo puede
ser impulsada por las contenedoras humanas de las ciencias. Una versión
particular de la utopía que Ray Bradbury describiese en Farenheit 451, en donde
frente a una humanidad desquiciada que prohibía la existencia de libros, los
relatos literarios fundamentales de la sociedad, eran custodiados y promovidos
por libros humanos.
Tal como aquellos libros de carne y hueso,
somos nosotras, biólogas de ayer, hoy y mañana, las que tenemos la oportunidad
de conectar al mundo con las ciencias, y con natura. Somos una opción cierta
para guiar la búsqueda de conocimiento relevante que ayude a la restauración
nuestra naturaleza afligida, y que permita comenzar a hilar una nueva relación
del ser humano con su entorno, que es finalmente su ser propio.
Y me dirijo ahora, como lo he hecho a lo largo
de todo este soliloquio a las científicas, con el objetivo explícito de
llamarlas a ampliar la voz de las ciencias! Que fue decidida por quién sabe quién y quién
sabe cuándo, haciéndola hasta ahora sólo masculina.
Pues bien…al momento que imaginamos el futuro
de nuestras ciencias, habremos logrado materializar dicho porvenir …y como
consecuencia de ello trazar nuestro camino. Y declaro sin duda alguna que aquella
ruta es femenina.
A estas horas de la noche…cansadas como
estamos, recuerdo a Jorge Teiller, y comulgo con su “Canción cantada para que
nadie la oiga, que es la esperanza de que esto cambie”...
No voy a profundizar en la enorme degradación
que para las mismas ciencias ha tenido la exclusión, negación y el ninguneo de
las mujeres a lo largo de su historia, así como el impacto positivo que su
incorporación y promoción puede tener para países del Sur en términos de su
crecimiento, desarrollo y bienestar social.
Tampoco ahondaré en las archiconocidas y
siempre diminutas cifras que demuestran la sub-representación de las mujeres en
ciencias, explicadas por numerosos e “invisibles” factores (no hay peor ciega
que la que no quiere ver), tanto estructurales como otras, que reproducen en el
ámbito de las investigaciones, las desigualdades de género que han marcado a
fuego la historia completa de nuestra humanidad.
La realización humana llega a su cima cuando
el individuo es capaz de desplegar su potencial al máximo. El máximo de una
Sociedad se alcanza cuando colectivos pueden desplegarse en su total magnitud….el
potencial de la ciencia nacional, hasta ahora cercenado de su fracción
femenina, contenido en decenas de cientos de científicas jóvenes, listas para
expandirse y aportar a la re-construcción de nuestra truncada sociedad, merece con
fuerza ser desplegado.
Tradicionalmente han sido los resultados de
nuestras investigaciones la única cara visible del quehacer científico. Y ellos
–en teoría- no discriminan por género. Cual ápices de un iceberg, muestran una
mínima fracción de lo que verdaderamente significa hacer ciencias.
Por motivos que son muchos y desconocidos, a
la vez que profundos, hemos hecho un esfuerzo por mantener fuera de la ecuación
de las ciencias, aquel componente más relevante para su concreción: la parte
humana. Como si las investigaciones fuesen realizadas
por entes hueros, carentes de corporalidad, de historia, privados de
necesidades sociales, familiares, culturales, financieras, despojados de
apetito.
Como si esas personas levitaran en un espacio
social llano y libre de baches. ¡Qué más alejado de la lógica de las ciencias,
la planificar intervenciones y desarrollos echando bajo la alfombra tanta información
relevante!
Pues la verdad es que las ciencias y sus
investigaciones, sólo pueden ocurrir si existen personas que las lleven a cabo.
Y cada una de ellas, y la suma de todas juntas, son la parte hundida del
iceberg que puede o no generar dicha publicación, que puede o no sentarse en
tal o cual comité, que puede generar y sostener un programa de postgrado, que
puede ampliar el reconocimiento e integración de las ciencias en una región, y
ciertamente que puede tomar lo mejor de dicho conocimiento para aportar a la
construcción de un mejor mundo común.
Pienso que las ciencias tienen una deuda con
esa sumergida porción, pues ofrece escasas oportunidades de bucear para
escudriñarla, menos aún de tocarla, y por ende limitadas opciones de
compartirla.
Como lo expresara magistralmente Paul Eluard,
cuando constata que “hay otros mundos, pero están este”, todas tenemos
historias (algunas de hecho ya somos historia…) que merecen ser contadas.
Escuchadas. Promovidas, pues ya conforman ellas el camino que habremos
recorrido para llegar al futuro que ya está entre nosotras.
Y en especial soy una convencida que son
nuestras historias como científicas, las únicas capaces de dar cuerpo, moldear,
y sostener el nuevo cuerpo que requieren las ciencias y la transformación de
nuestra sociedad.
Cuánto
valor hay acumulado en cada una de las trayectorias de las científicas! Qué
debió suceder para que una joven estudiante llegase a elegir el camino de las
biologías, que pudiese acceder a formación básica razonable en algún pregrado de
la nación, para luego moverse donde quisiera o pudiese hacerlo, para profundizar
dicha formación en algún Doctorado enjundioso.
Cuando vemos papers o trabajos, sin embargo,
no mostramos ni damos a conocer dichos testimonios. Y colegimos por lo tanto
que no son relevantes para definir nuestro destino en el mundo de las ciencias.
Y lo que es más importante aún, pensamos que
no son relevantes para las futuras científicas. Para aquella niña curiosa que
juguetea con chanchitos de tierra o colecta conchitas escapándole a las olas
del litoral central…Cuando en realidad es justamente lo contrario.
Elaborar, conocer y promover dichos
testamentos de vida, es parte clave del proceso de poner la voz y la carne
femenina de sus protagonistas en la mente y el diseño de las ciencias
nacionales. Cada una de algún modo, resultado de un improbable viaje
emprendido, con quizá que motivación, que cada pequeña y gran científica ha
realizado.
En un continente y especialmente en un país
como Chile, carente de promoción de las ciencias, con ridícula inversión en
estas materias, con escaso conocimiento y valoración social efectiva del
quehacer y reconocimiento de las científicas, con escasa posibilidades de que
esta ruta nos genere bienestar monetario, me sorprendo preguntándome qué nos
mueve y mantiene en este camino...qué hace que la disfrutemos, aunque sudemos la
gota subiendo cerros, perdiendo el sueño y tanta fiesta familiar. ¿Qué anima y
alimenta la llama de las ciencias en cada una de nosotras? Que justamente por
ser mujeres, es una llama el doble de poderosa que aquella otra.
Ese fuego es el que permanece invisible cuando
sólo compartimos la data. Un fuego fatuo, que poco o nada devela el singular,
valioso y potente derrotero que nos ha permitido desplegar lo improbable. Hay
un gigantesco valor allí. Que realza y debe ser mostrado, cada vez que una
mujer hace ciencias. Una obra docta desplegada palmo a palmo por cada artesana
de su propia vida. Y que al comenzar a compartirla, puede acercar la materia
prima de las ciencias a otras como ella.
Estas historias que se vienen tejiendo en los
cuerpos de doctorantes, post-doc e investigadoras, o por gente como yo -outliers
de las ciencias-, son cada una, una ruta por construir, y todas juntas una red
por tejer.
Somos fuerza nueva, numerosa, creativa,
apasionada, preparada. Decidamos hoy nuestro futuro, y recorramos juntas la
ruta que nos lleva exactamente allí donde sabremos queremos ir. Marquemos la
diferencia, torzamos la mano de la historia que hasta ahora conocemos. No sólo
por nosotras, sino por todas nuestras compañeras!
Muchas gracias!
*Conferencia Presentada en la XXXI Reunión Anual de la Sociedad de Biología Celular, Puerto Varas, 2017